miércoles, 13 de mayo de 2009

EL ESCLAVO

¿Tú de qué eres esclavo? ¿De las heridas que recibiste cuando eras pequeño?, ¿de tus traumas de la infancia?, ¿de lo que alguien más decidió que fueras?, ¿de una relación que no te satisface?, ¿de un trabajo que no disfrutas?, ¿de la rutina de tu vida?

¡Ya libérate! ¡tira ya ese costal que llevas en la espalda en el guardas el resentimiento, el rencor y la culpa. Deja ya de culpar a otros y a tu pasado por lo que no marcha bien en tu vida. Cada día tienes la oportunidad de empezar otra vez. Cada mañana, al abrir los ojos, naces de nuevo, recibes otra oportunidad para cambiar lo que no te gusta y para mejorar tu vida. La responsabilidad es toda tuya. Tu felicidad no depende de tus padres, de tu pareja, de tus amigos, de tu pasado, depende solo de ti.

¿Qué es lo que te tiene paralizado?, ¿el miedo al rechazo?, ¿al éxito?, ¿al fracaso?, ¿al que dirán?, ¿a la crítica?, ¿a cometer errores?, ¿a estar solo?

¡Rompe ya las cadenas que tu mismo te has impuesto! A lo único que le debes tener miedo es a no ser tú mismo, a dejar pasar tu vida sin hacer lo que quieres, a desaprovechar esta oportunidad de mostrarte a otros, de decir lo que piensas, de compartir lo que tienes. Tú eres parte de la vida y como todos, puedes caminar con la frente en alto. Los errores del pasado ya han sido olvidados y los errores del futuro serán perdonados. Date cuenta de que nadie lleva un registro de tus faltas, solo tú mismo. Ese juez que te reprocha, ese verdugo que te castiga, ese mal amigo que siempre te critica, ¡eres tú mismo! Ya déjate en paz, ya perdónate, sólo tú puedes lograrlo.

¿Cuándo vas a demostrar tu amor a tus seres queridos?, ¿Cuándo te queden unos minutos de vida?, ¿Cuándo les queden a ellos unos minutos de vida?

El amor que no demuestres hoy, se perderá para siempre. Recuerda que la vida es tan corta y tan frágil que no tenemos tiempo que perder en rencores y estúpidas discusiones. Hoy es el día de perdonar las ofensas del pasado y de arreglar las viejas rencillas. Entrégate a los que amas sin esperar cambiarlos, acéptalos tal como son y respeta el don más valioso que han recibido: Su libertad.

Disfruta de tus relaciones sin hacer dramas. Si pretendes que todos hagan lo que tú quieres o que sean como tú has decidido, si pretendes controlar a los que te rodean, llenarás tu vida de conflicto. Permite a otros que tomen sus propias decisiones como has de tomar las tuyas, tratando siempre de lograr lo que es mejor para todos. Así podrás llenar tu vida de armonía.
Y por último, ¿Qué estás esperando para empezar a disfrutar de tu vida? ¿Que se arreglen todos tus problemas?, ¿Que se te quiten todos tus traumas?, ¿Que por fin alguien reconozca tu valía?, ¿Que llegue el amor de tu vida?, ¿Que regrese el se fue?, ¿Que todo te salga como tú quieres?, ¿Que se acabe la crisis económica?, ¿Que te suceda un milagro?, ¿Que por arte de magia todo sea hermoso y perfecto?

¡Despierta ya hermano!, ¡Despierta ya hermana!, ¡Esta es la vida!
La vida no es lo que sucede cuando todos tus planes se cumplen, ni lo que pasará cuado tengas eso que tanto deseas. La vida es lo que está pasando en este preciso instante. Tú vida en este momento es leer este párrafo, donde quiera que lo estés haciendo y con las circunstancias que te rodean ahora. En este momento tu corazón lleva sangre a todas las células de tu cuerpo y tus pulmones llevan oxígeno a donde se necesita. En este momento algo que no podemos comprender, te mantiene vivo y te permite, ver, pensar, expresarte, moverte, reír, ¡hasta llorar si quieres!

No te acostumbres a la vida, no te acostumbres a despertar todos los días y estar aburrido, o malhumorado, o preocupado. Abre tus ojos y agradece todas las bendiciones que puedes ver, agradece tu capacidad de oír el canto de los pájaros, tu música preferida, la risa de tus hijitos. Pon tus manos en tu pecho y siente tu corazón latir con fuerza diciéndote: “Estás vivo, estás vivo, estás vivo”.

Yo se que la vida no es perfecta, que está llena de situaciones difíciles. Tal vez, así es como se supone que sea. Tal vez por eso se te han brindado todas las herramientas que necesitas para enfrentarla: Una gran fortaleza que te permite soportar las pérdidas, la libertad de elegir como reaccionar ante lo que sucede, el amor y el apoyo de tus seres queridos.

Se también que tú no eres perfecto, nadie lo es. Y sin embargo, millones de circunstancias se han reunido para que existas. Fuiste formado a partir de un diseño maravilloso y compartes con toda la humanidad sus virtudes y defectos. Así está escrito en tus genes, en los genes de todos los seres humanos que han existido y en todos los que existirán.

Tus pasiones, tus miedos, tus heridas, tus debilidades, tus secretos y tu agresión, los compartes con todos tus hermanos. ¡Bienvenido a la raza humana! Esos supuestos defectos son parte de tu libertad, parte de tu humanidad.

Si te preguntas ¿Quién soy yo para decirte todo esto? Te contestaré que no soy nadie, soy simplemente una versión diferente de lo que tú eres. Otro ser humano más entre miles de millones, pero uno que ha decidido ser libre y recuperar todo el poder de su vida………

lunes, 20 de abril de 2009

ANIMANIACS

Steven Spielberg Presents Animaniacs era una popular serie de dibujos animados distribuida por Warner Bros. y producida por Amblin Entertainment. La serie, mejor conocida como simplemente Animaniacs, fue transmitida primero por FOX entre 1993 y 1995, y luego por The WB como parte de su bloque infantil Kids' WB de 1995 a 1998. Como muchas otras series animadas, sigue siendo transmitida por televisión bajo sindicación, en cadenas como Cartoon Network, Boomerang Nicktoons Network. y MTV.

Animaniacs fue la segunda serie producida por la colaboración entre Steven Spielberg y Warner Bros. Animation durante el renacimiento de la animación de los años 1990. La primera serie del estudio, Tiny Toon Adventures, fue un éxito entre las más jóvenes audiencias y también entre un gran número de televidentes adultos. Tiny Toon Adventures fue en gran parte inspirada por las caricaturas clásicas de Termite Terrace.
Los escritores y animadores actuales de Warner Bros. utilizaron la experiencia que ganaron con la anterior serie para crear los nuevos personajes que fueron inspirados por las creaciones de Tex Avery.

El programa en si es un programa de variedad, con secciones cortas en las que aparecen un gran número de personajes. Cada episodio está tradicionalmente compuesto por tres pequeños mini-episodios en los que aparecen una serie de personajes distintos.

martes, 14 de abril de 2009

LONNEY TONS

A las dos series se les dieron nombres distintos porque originalmente, Warner Bros. quería que fueran dos caricaturas distintas (imitando a Walt Disney).
En sus primeros años, las dos series, Looney Tunes y Merrie Melodies sacaban sus historias de la vasta librería musical de la Warner (Quien había adquirido la empresa
Vitaphone). Pero, eventualmente las dos series se distinguieron pues Looney Tunes empezó a encargarse de los personajes más recurrentes del estudio, mientras que Merrie Melodies continuó utilizando personajes que no volvían a aparecer. También los programas de Looney Tunes eran en blanco y negro, y los de Merrie Melodies a color en formato Cinecolor [1] y el primer formato del Tecnicolor, pero desde 1943 Looney Tunes empezó también a producirse en color del Tecnicolor mejorado; la única diferencia real entre ambas producciones era el tema del programa, pues para ese entonces Merrie Melodies usaba también personajes populares. El tema usado para Looney Tunes era "The Merry-Go-Round Broke Down" de Cliff Friend y Dave Franklin; el tema de Merrie Melodies era una adaptación de "Merrily We Roll Along" de Charles Tobias, Murray Mencher y Eddie Cantor.
Bosko fue la primera estrella en Looney Tunes, debutando en el cortometraje Sinking In the Bathtub de 1930. Después de varios años y de ser obtenido por la compañía rival MGM, quien lo cambió por completo, Buddy tomó su lugar como el número uno de la serie. Fue en 1935 cuando una de las verdaderas estrellas de la serie debutaron, se trató de Porky, y a este siguieron las presentaciones de varios personajes memorables como el Pato Lucas (1937) y el hoy personaje más conocido de la serie, Bugs Bunny (1940), Bugs había sido primero un personaje de Merrie Melodies, pero se mudó a Looney Tunes cuando este empezó a producirse en color.
Aunque las caricaturas de inicios de los
años 30 no estaban pensadas específicamente para público infantil, las caricaturas consistían principalmente de números musicales y eran bastante inocentes (principalmente por querer imitar el estilo de Disney). Ya para finales de esa década los dibujos animados estaban hechos para adultos y eso cambió su temática.
La popularidad de los Looney Tunes se vio enaltecida cuando sus cortometrajes empezaron a transmitirse por
Televisión a mediados de los 50 con diversos títulos y formatos modificados por las placas conocidas como "Blue Ribbon" quitando los títulos y creditos originales, sin embargo ya que los niños tenían un fácil acceso a la televisión las caricaturas de los Looney Tunes fueron editadas (sobre todo en los 70) quitando escenas con insinuaciones, estereotipos étnicos y violencia extrema.
La serie original de los Looney Tunes (transmitida en cines) duró de
1930 a 1969, el último cortometraje de esa época fue Injun Trouble. Entonces los cortometrajes animados para cine fueron cancelados hasta 1987 cuando nuevos cortometrajes presentaron a los personajes a una nueva generación. Desde entonces nuevos cortos han sido estrenados esporádicamente
En
1996 se estrenó un largometraje llamado Space Jam, el cual mezclaba a actores con animaciones, la película protagonizada por Michael Jordan y en la cual aparecieron gran parte de los Looney Tunes fue bastante exitosa.
En
2003, otra película fue estrenada, Looney Tunes De nuevo en acción, también mezclando a actores con caricaturas, el film quería recuperar el espíritu de los cortos originales, pero su mal desempeño en la taquilla ha puesto el futuro de Bugs y compañía en el limbo.
Los personajes de los Looney Tunes han tenido mucho más éxito en la televisión que en el cine entre las producciones más recientes se encuentran Los misterios de Silvestre y Piolín, Taz-Mania, Duck Dodgers y Baby Looney Tunes. Los Looney Tunes también tuvieron cameos frecuentes en la serie de los
90 Tiny Toons, donde aparecían como maestros de una nueva generación de dibujos animados.

LONNEY TONS

A las dos series se les dieron nombres distintos porque originalmente, Warner Bros. quería que fueran dos caricaturas distintas (imitando a Walt Disney).

En sus primeros años, las dos series, Looney Tunes y Merrie Melodies sacaban sus historias de la vasta librería musical de la Warner (Quien había adquirido la empresa Vitaphone). Pero, eventualmente las dos series se distinguieron pues Looney Tunes empezó a encargarse de los personajes más recurrentes del estudio, mientras que Merrie Melodies continuó utilizando personajes que no volvían a aparecer. También los programas de Looney Tunes eran en blanco y negro, y los de Merrie Melodies a color en formato Cinecolor [1] y el primer formato del Tecnicolor, pero desde 1943 Looney Tunes empezó también a producirse en color del Tecnicolor mejorado; la única diferencia real entre ambas producciones era el tema del programa, pues para ese entonces Merrie Melodies usaba también personajes populares. El tema usado para Looney Tunes era "The Merry-Go-Round Broke Down" de Cliff Friend y Dave Franklin; el tema de Merrie Melodies era una adaptación de "Merrily We Roll Along" de Charles Tobias, Murray Mencher y Eddie Cantor.

Bosko fue la primera estrella en Looney Tunes, debutando en el cortometraje Sinking In the Bathtub de 1930. Después de varios años y de ser obtenido por la compañía rival MGM, quien lo cambió por completo, Buddy tomó su lugar como el número uno de la serie. Fue en 1935 cuando una de las verdaderas estrellas de la serie debutaron, se trató de Porky, y a este siguieron las presentaciones de varios personajes memorables como el Pato Lucas (1937) y el hoy personaje más conocido de la serie, Bugs Bunny (1940), Bugs había sido primero un personaje de Merrie Melodies, pero se mudó a Looney Tunes cuando este empezó a producirse en color.

Aunque las caricaturas de inicios de los años 30 no estaban pensadas específicamente para público infantil, las caricaturas consistían principalmente de números musicales y eran bastante inocentes (principalmente por querer imitar el estilo de Disney). Ya para finales de esa década los dibujos animados estaban hechos para adultos y eso cambió su temática.

La popularidad de los Looney Tunes se vio enaltecida cuando sus cortometrajes empezaron a transmitirse por Televisión a mediados de los 50 con diversos títulos y formatos modificados por las placas conocidas como "Blue Ribbon" quitando los títulos y creditos originales, sin embargo ya que los niños tenían un fácil acceso a la televisión las caricaturas de los Looney Tunes fueron editadas (sobre todo en los 70) quitando escenas con insinuaciones, estereotipos étnicos y violencia extrema.

La serie original de los Looney Tunes (transmitida en cines) duró de 1930 a 1969, el último cortometraje de esa época fue Injun Trouble. Entonces los cortometrajes animados para cine fueron cancelados hasta 1987 cuando nuevos cortometrajes presentaron a los personajes a una nueva generación. Desde entonces nuevos cortos han sido estrenados esporádicamente
En
1996 se estrenó un largometraje llamado Space Jam, el cual mezclaba a actores con animaciones, la película protagonizada por Michael Jordan y en la cual aparecieron gran parte de los Looney Tunes fue bastante exitosa.

En 2003, otra película fue estrenada, Looney Tunes De nuevo en acción, también mezclando a actores con caricaturas, el film quería recuperar el espíritu de los cortos originales, pero su mal desempeño en la taquilla ha puesto el futuro de Bugs y compañía en el limbo.
Los personajes de los Looney Tunes han tenido mucho más éxito en la televisión que en el cine entre las producciones más recientes se encuentran Los misterios de Silvestre y Piolín, Taz-Mania, Duck Dodgers y Baby Looney Tunes. Los Looney Tunes también tuvieron cameos frecuentes en la serie de los
90 Tiny Toons, donde aparecían como maestros de una nueva generación de dibujos animados.

jueves, 9 de abril de 2009

LAS PUERTAS

El Libro de las puertas es un texto sagrado del antiguo Egipto datado en la época del Imperio Nuevo. Narra el viaje del espíritu de un difunto en el otro mundo, y está relacionado con la marcha del Sol, aunque transcurre durante las horas nocturnas, en la Duat. El espíritu requiere pasar una serie de "puertas" en diferentes etapas del viaje. Cada puerta se asocia a una diosa diferente, y requiere que el difunto reconozca el carácter específico de cada deidad. El texto da a entender que algunas personas pasarán incólumes, mientras que otras sufrirán tormento en un lago de fuego.

La parte más célebre del Libro de las puertas se refiere a las diferentes razas de la humanidad conocidas por los egipcios; dividiéndolas en cuatro categorías que son normalmente expuestas como "egipcios", "asiáticos", "libios" y "nubios". Se les representa en procesión, entrando en el otro mundo.

El texto y las imágenes asociadas con el Libro de las puertas aparecen en muchas tumbas del Imperio Nuevo, inclusive en todas las tumbas de los faraones desde Horemheb a Ramsés VII. También se muestran en la tumba de Senneyam, un trabajador del poblado de Deir el-Medina, la antigua localidad de artesanos y artistas que construyeron las tumbas de los faraones del Imperio Nuevo

Cada diosa del Libro de las puertas tiene un título diferente, y portan vestidos de color distinto, pero son idénticas en todo lo demás, llevando todas sobre sus cabezas estrellas. La mayor parte de las diosas son específicas del Libro de las puertas, y no aparecen en otros textos de la mitología egipcia, así que se ha sugerido que el relato se originó simplemente como un sistema para determinar el ciclo nocturno, con una diosa en cada puerta, siendo estas una alegoría de la principal estrella que surge en cada hora

miércoles, 8 de abril de 2009

LA PUTA DE BABILONIA

La puta de Babilonia es un ensayo histórico y académico sobre la Iglesia católica del escritor colombiano con pasaporte mexicano Fernando Vallejo. La obra fue presentada en la facultad de filosofía y letras de la UNAM y publicada por Editorial Planeta Mexicana, S.A. en el año 2007.

La puta de Babilonia o prostituta de Babilonia es el nombre que los albigenses daban a la iglesia romana, como testimonia el Apocalipsis.

Obra ubicada en el panorama de los estudios sobre la fe dogmática cristiana contemporánea y de los últimos mil setecientos años, La puta de Babilonia da cuenta, en 317 páginas y sin división en capítulos, de los procedimientos de la Iglesia en el derramamiento de la sangre de humanos y en el atropello a los animales, cuya defensa es la única causa de Vallejo. En La puta de Babilonia, Vallejo agrieta y desmitifica los pilares de esta institución que a lo largo de toda la obra es denominada La Puta.

domingo, 8 de marzo de 2009

LA SOMBRA DE LA CATEDRAL


“La sombra de la catedral es una novela negra sofisticada, con referencias a la alquimia, al misticismo fulcanelliano, a Dante Alighieri y a los prerrafaelistas. Nació de mi deseo de escribir un libro acerca de una Praga distinta, desconocida para la mayoría, que convive con otra Praga, la que atrae a gente del todo el mundo: la Praga de la catedral de San Vito. Milos Urban ”
Roman Rops se ve involucrado en un asesinato que ha tenido lugar en la catedral de San Vito, Praga. Inculpado primero, una vez demostrada su inocencia, decide colaborar en la investigación. Sus profundos conocimientos del mundo del arte y la literatura serán una pieza fundamental en la resolución del caso por parte de la policía local.

Como Las siete iglesias, La sombra de la catedral es una obra intensa, de riqueza literaria, que, a partir de su estructura de novela negra, invita a múltiples lecturas. Estamos ante una novela de tintes góticos, anclada en el pasado, en las leyendas, con importantes dosis de humor negro, en la que confluyen el horror y la belleza, el suspense y el misterio.

Milos Urban se describe a si mismo con las siguientes palabras: “soy un escritor checo que vive en Praga. Mis historias de horror y mis oscuras novelas policíacas son recibidas por los lectores con entusiasmo o desprecio, pero son pocos a quienes la lectura deja indiferentes”.

Además de La sombra de la catedral, Urban es autor de Las siete iglesias (también en Ediciones B), Poslední te_ka za Rukopisy, Hastrman y Pam_ti poslance paralamentu así como de diversos ensayos, relatos y obras de teatro.
El interés que despierta su obra radica en gran parte en la extrañeza que despierta, en la dificultad que supone su clasificación en términos temporales, narrativos o de estilo. Es la obra de un escritor con voz propia, considerado como uno de los referentes de la novela checa actual.

miércoles, 18 de febrero de 2009

John Katzenbach

John Katzenbach es un periodista y escritor que también ha trabajado como guionista en películas basadas en obras propias.

Nació en 1950 y es hijo del conocido político estadounidense Nicholas Katzenbach. Sus novelas han sido nominadas a dos premios Edgar, por "Al calor del verano" adaptado para la pantalla como "Llamada a un reportero (The mean Season)", protagonizada por Kurt Russell y Andy García y "The Shadow Man". Sus libros fueron casi todos un gran éxito, como el bestseller del New York Times "El Viajero (The Traveler)", "Day of Reckoning", "Causa Justa (Just Cause), también adaptada por Warner Brothers y protagonizada por Sean Connery y Laurence Fishburne, y "State of Mind". Ha sido reportero de la corte criminal para "The Miami Herald" y el "Miami News" y se caracteriza por sus trabajos en la revista "Herald Tropic". Su trabajo ha aparecido en muchos otros periódicos, incluyendo el "New York Times", el "Washington Post", y "The Philadelphia Inquirer".
"La guerra de Hart (Hart's War)" es otra de sus obras que fue llevada al cine con éxito, protagonizada nada menos que por Bruce Willis y Colin Farrell. Esta casado con Madeleine Blais y viven actualmente en la zona oeste de Massachusetts.

jueves, 12 de febrero de 2009

martes, 10 de febrero de 2009




GALERIA DE ARTE UBICADA EN EL CENTRO GALEANA 100 ABRE SUS PUERTAS AL PUBLICO

lunes, 9 de febrero de 2009

EL GATO NEGRO


El gato negro

Edgar Allan Poe

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.
Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.
Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia.

Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre.

¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.
Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir.

Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.
Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

sábado, 31 de enero de 2009

LOS COLORES QUE CALLERON DEL ESPACIO

Se trata sin duda alguna de un escrito numérico- decía el profesor, frunciendo el entrecejo.
Pero existe algo oculto, un secreto que tengo que descubrir, porque de lo contrario...Un gesto de iracundia terminó su pensamiento.-Siéntate ahí, y escribe- añadió indicándome la mesa con el puño.Obedecí con rapidez.-
Ahora voy a dictarte las letras de nuestro alfabeto que corresponden a cada uno de estos caracteres islandeses.
Veremos lo que resulta. ¡Pero, por los clavos de Cristo, cuida de no equivocarte!
Él empezó a dictarme y yo a escribir las letras, unas a continuación de las otras, formando todas juntas la incomprensible sucesión de palabras siguientes:mm.rnlls esreuel seecJdesgtssmf unteief niedrkekt,samn atrateS Saodrrnerntnael nuaect rrilSaAtvaar .nxcrc ieaabsCcdrmi eeutul frantudt,iac oseibo kediiYUna vez terminado este trabajo arrebatóme vivamente mi tío el papel que acababa de escribir, y lo examinó atentamente durante bastante tiempo.
-¿Qué quiere decir esto?
-repetía maquinalmente.
No era yo ciertamente quien hubiera podido explicárselo, pero esta pregunta no iba dirigida a mí, y por eso prosiguió sin detenerse:-Esto es lo que se llama un criptograma, en el cual el sentido se halla oculto bajo letras alteradas a propósito, y que, combinadas de un modo conveniente, formarían una frase inteligible.
¡Y pensar que estos caracteres ocultan tal vez la explicación, o la indicación, cuando menos, de un gran descubrimiento!
En mi concepto, aquello nada ocultaba; pero me guardé muy bien de expresarle mi opinión.El profesor tomó entonces el libro y el pergamino, y lo comparó uno con otro.-Estos dos manuscritos no están hechos por la misma mano -dijo-; el criptograma es posterior al libro, tengo de ello la evidencia.
En efecto, la primera letra es una doble M que en vano buscaríamos en el libro de Sturluson, porque no fue incorporada al alfabeto islandés hasta el siglo XIV.
Por consiguiente, entre el documento y el libro median por la parte más corta dos siglos.Esto me pareció muy lógico; no trataré de ocultarlo.-Me inclino, pues, a pensar -prosiguió mi tío-, que alguno de los poseedores de este libro trazó los misteriosos caracteres. Pero, ¿quién demonios sería? ¿No habría escrito su nombre en algún sitio?Mi tío se levantó las gafas, tomó una poderosa lente y pasó minuciosa revista a las primeras páginas del libro.
Al dorso de la segunda, que hacía de anteportada, descubrió una especie de mancha, que parecía un borrón de tinta; pero, examinada de cerca, veíanse en ella algunos signos borrosos. Mi tío comprendió que allí estaba la clave del secreto, y ayudado de su lente, trabajó con tesón hasta que logró distinguir los caracteres únicos que a continuación transcribo, los cuales leyó de corrido:-¡Ame Saknussemm! -gritó en son de triunfo- ¡es un nombre! ¡Un nombre islandés, por más señas! ¡El de un sabio del siglo XVI!
¡El de un alquimista célebre!Miré a mi tío con cierta admiración.-Estos alquimistas -prosiguió-, Avicena, Bacán, Lulio, Paracelso, eran los verdaderos, los únicos sabios de su época.
Hicieron descubrimientos realmente asombrosos. ¿Quién nos dice que este Saknussemm no ha ocultado bajo este casi ilegible criptograma alguna sorprendente invención? Tengo la seguridad de que así es.Y la viva imaginación del catedrático comenzó a exaltarse ante esta idea.-Sin duda -me atreví a responder-; pero, ¿qué interés podía tener este sabio en ocultar de ese modo su maravilloso descubrimiento?-¿Qué interés? ¿Lo sé yo acaso? ¿No hizo Galileo otro tanto cuando descubrió a Saturno? Pero no tardaremos en saberlo, porque no descansaré, ni he de ingerir alimento, ni he de cerrar los párpados en tanto no arranque el secreto que encierra este documento.“Dios nos asista” -pensé para mis adentros.-Ni tú tampoco, Axel -añadió.-Menos mal -pensé yo-, que he comido ración doble.-Y además -prosiguió mi tío-, es preciso averiguar en qué lengua está escrito el jeroglífico. Esto no será difícil.Al oír estas palabras, levanté vivamente la cabeza. Mi tío prosiguió su soliloquio.-No hay nada más simple.
Contiene este documento ciento treinta y dos letras, de las cuales, 53 son vocales, y 79, consonantes. Ahora bien, esta es la proporción que, poco más o menos, se observa en las palabras de las lenguas meridionales, en tanto que los idiomas del Norte son infinitamente más ricos en consonantes. Se trata, pues, de una lengua meridional.La conclusión no podía ser más atinada y exacta.
-Pero, ¿cuál es esta lengua?Aquí era donde yo esperaba ver vacilar a mi sabio. a pesar de reconocer que era un profundo analizador.
-Saknussemm era un hombre instruido -prosiguió-, y, al no escribir en su lengua nativa, es de suponer que eligiera preferentemente el idioma que estaba en boga entre los espíritus cultos del siglo XVI, es decir, el latín. Si me engaño, recurriré al español, al francés, al italiano, al griego o al hebreo. Pero los sabios del siglo mentado escribían. por lo general, en latín. Puedo, pues, con fundamento, asegurar a priori que Saknussemm utilizó el latín.Yo di un salto en la silla. Mis recuerdos de latinista se sublevaron contra la suposición de que aquella serie de palabras ininteligibles pudiesen pertenecer a la dulce lengua de Virgilio.-Sí. latín -prosiguió mi tío-; pero un latín confuso.“En hora buena” pensé; “si logras ponerlo en claro, demostrarás que eres listo”.-Examinémoslo bien -añadió, tomando nuevamente la hoja que yo había escrito-.
He aquí una serie de ciento treinta y dos letras que ante nuestros ojos que se muestran en un aparente desorden. Hay palabras. como la primera, mm.rnlls, en que sólo entran consonantes; otras, por el contrario, en que abundan las vocales: la quinta. por ejemplo, unteief o la penúltima, oseibo. Evidentemente, esta disposición no ha sido combinada. sino que resulta matemáticamente de la razón desconocida que ha presidido la sucesión de las letras. Me parece indudable que la frase primitiva fue escrita regularmente, y alterada después con arreglo a una ley que es preciso descubrir. El que poseyera la clave de este enigma lo leería de corrido. Pero, ¿cuál es esta clave, Axel? ¿La tienes por ventura?Nada contesté a esta pregunta, por una sencilla razón: mis ojos se hallaban abstraídos en un adorable retrato colgado de la pared: el retrato de Graüben. La pupila de mi tío se encontraba a la sazón en Altona, en casa de un pariente suyo, y su ausencia me tenía muy triste; porque, ahora ya puedo confesarlo, la bella curlandesa y el sobrino del catedrático se amaban con toda la paciencia y toda la flema alemanas. Nos habíamos dado palabra de casamiento sin que se enterase mi tío, demasiado geólogo para comprender semejantes sentimientos.
Era Graüben una encantadora muchacha, rubia, de ojos azules, de carácter algo grave y espíritu algo serio; mas no por eso me amaba menos. Por lo que a mí respecta, la adoraba, si es que este verbo existe en lengua tudesca. La imagen de mi linda curlandesa se trasladó en un momento del mundo de las realidades a la región de los recuerdos y ensueños.Volvía a ver a la fiel compañera de mis tareas y placeres; a la que todos los días me ayudaba a ordenar los pedruscos de mi tío, y los rotulaba conmigo.
Graüben era muy entendida en materia de mineralogía, y le gustaba profundizar las más arduas cuestiones de la ciencia. ¡Cuán dulces horas habíamos pasado estudiando los dos juntos, y con cuánta frecuencia había envidiado la suerte de aquellos insensibles minerales que acariciaba ella con sus delicadas manos!En las horas de descanso, salíamos los dos a dar un paseo por las frondosas alamedas del Alster, y nos íbamos al antiguo molino alquitranado que tan buen efecto produce en la extremidad del lago.
Caminábamos cogidos de la mano, mientras yo le relataba historietas que provocaban su risa, y llegábamos de este modo hasta las orillas del Elba; y, después de despedirnos de los cisnes que nadaban entre los grandes nenúfares blancos, volvíamos en un vaporcito al desembarcadero.Así seguía yo en el mundo de mis sueños, cuando mi tío, descargando sobre la mesa un terrible puñetazo, me trajo a la realidad de una manera violenta.-Veamos -dijo-: la primera idea que a cualquiera se le debe ocurrir para descifrar las letras de una frase, se me ocurre que debe ser el escribir verticalmente las palabras.
-No va desencaminado -pensé yo.-Es preciso ver el efecto que se obtiene de este procedimiento. Axel, escribe en ese papel una frase cualquiera; pero, en vez de disponer las letras unas a continuación de otras, colócalas de arriba abajo, agrupadas de modo que formen cuatro o cinco columnas verticales.Comprendí su intención y escribí inmediatamente:T o b i a üe r e s G ba o l i r ed , l m a n-Bien -dijo el profesor, sin leer lo que yo había escrito-; dispón ahora esas palabras en una línea horizontal. Obedecí y obtuve la frase siguiente:Toblaü eresGb aolire d,lnian-¡Perfectamente! -exclamó mi tío, arrebatándome el papel de las manos-; este escrito ya ha adquirido la fisonomía del viejo documento; las vocales se encuentran agrupadas, lo mismo que las consonantes, en el mayor desorden; hay hasta una mayúscula y una coma en medio de las palabras, exactamente igual que en el pergamino de Saknussemm.Debo de confesar que estas observaciones me parecieron en extremo ingeniosas.
-Ahora bien -prosiguió mi tío, dirigiéndose a mí directamente-, para leer la frase que acabas de escribir y que yo desconozco, me bastará tomar sucesivamente la primera letra de cada palabra, después la segunda, en seguida la tercera, y así sucesivamente.Y mi tío. con gran sorpresa suya, y sobre todo mía, leyó:Te: adoro, bellísima Graüben.-¿Qué significa esto?--exclamó el profesor.Sin darme cuenta de ello, había cometido la imperdonable torpeza de escribir una frase tan comprometedora.-¡Conque amas a Graüben! ¿eh? -prosiguió mi tío con acento de verdadero tutor.-Sí... No.. -balbucí desconcertado.-¡De manera que amas a Graühen -prosiguió maquinalmente-. Bueno, dejemos esto ahora y apliquemos mi procedimiento al documento en cuestión.-Abismado nuevamente mi tío en su absorbente contemplación, olvidó de momento mis imprudentes palabras.
Y digo imprudentes, porque la cabeza del sabio no podía comprender las cosas del corazón. Pero, afortunadamente, la cuestión del documento absorbió por completo su espíritu.En el instante de realizar su experimento decisivo, los ojos del profesor Lidenbrock lanzaban chispas a través de sus gafas; sus dedos temblaban al coger otra vez el viejo pergamino; estaba emocionado de veras. Por último. tosió fuertemente, y con voz grave y solemne, nombrando una tras otra la primera letra de cada palabra, a continuación la segunda, y así todas las demás. me fue dictando la serie siguiente:mmessunkaSenrA.icefdoK.segnittamurtnecertswrrette, rotaivxadua,ednecsedsadneIacartniiiluJsitatracSarbmutabiledmeilimeretarcsilucoYsleffenSnlConfieso que, al terminar, yo también estaba emocionado. Aquellas letras, pronunciadas una a una, no tenían ningún sentido, y esperé a que el profesor dejase escapar de sus labios alguna pomposa frase latina.Pero, ¡quién lo hubiera dicho! Un violento puñetazo hizo vacilar la mesa; saltó la tinta y la pluma se me cayó de las manos.
-Esto no puede ser-exclamó mi tío, frenético-; ¡esto no tiene sentido común!Y, atravesando el despacho como un proyectil y bajando la escalera lo mismo que un alud, engolfóse en la König-strasse, y huyó a todo correr.